Si Fleming, Mullis, Blumberg, Lauterbur o Ignarro no hubieran insistido en sus investigaciones a pesar del rechazo de colegas y editores de revistas especializadas, la penicilina, el tan omnipresente análisis de ADN, la vacuna contra la hepatitis B, la resonancia magnética o la viagra, respectivamente, no existirían. Todos ellos acabaron siendo premiados con el Nobel por aquellos primeros trabajos que habían sido despreciados por el establishment científico.
“Lo revolucionario siempre provoca problemas”, asegura el profesor del departamento de Física de la Universidad de Alcalá Juan Miguel Campanario. “A veces un hallazgo o una nueva técnica son tan innovadores que chocan contra la ciencia establecida“, explica este profesor que lleva años estudiando la resistencia de la propia comunidad científica a la innovación. En su último trabajo, Campanario recoge casos en los que investigadores que tuvieron muchos problemas para publicar sus artículos acabaron ganando el Premio Nobel por aquellos estudios al cabo de los años.
En su lista hay físicos como el estadounidense Murray Gell-Mann, cuyo trabajo sobre las partículas elementales sentó las bases de buena parte de la física moderna. En 1953, envió un artículo a Physical Review. Los responsables de revisarlo lo rechazaron por considerar extravagantes y poco científicas las expresiones con las que nombró algunos de los conceptos del trabajo. Tuvo que renombrar las curious particles, que había encontrado en el núcleo del átomo, como new unstable particles. Estas nuevas e inestables partículas eran los quark elementales de los que está formada la materia.
Contra las verdades científicas
Gell-Man recibió el Nobel de Física 16 años después de un trabajo rechazado.
Pero no se trataba de una mera disputa terminológica. En aquellos años, a muchos expertos aún les costaba asimilar los recientes descubrimientos que mostraban que en el núcleo atómico había otras 100 partículas además de los neutrones y los protones. Gell-Man recibió el Premio Nobel de Física 16 años después por este trabajo.
“Cuando los revisores se encuentran con algo tan nuevo que contradice el paradigma dominante, tienden a pensar que debe estar mal o tener algún error”, explica Campanario. “Y eso que los comités de las revistas y los encargados de revisar los trabajos no son cualesquiera”, aclara. De hecho, los revisores de las revistas especializadas, como Nature o Science, son colegas del autor, expertos en los mismos temas que él.
“Este sistema evita que venga alguien a publicar un trabajo sobre ovnis”, comenta Campanario. Pero “tiene el efecto de fomentar posiciones conservadoras”, añade. El lado bueno es que da solidez a la revista. “Lo malo es que frena el avance científico”, concluye.
El lado bueno de las revisiones de las revistas es que les da solidez.
Los tres expertos que revisaron un trabajo del químico Thomas Cech sobre las moléculas de ácido ribonucleico (ARN) y su comportamiento como enzimas en 1984 criticaron duramente que usara términos como catálisis o enzima para describir las nuevas funciones del ARN descubiertas por él. A pesar de ir contra algunas ideas bien establecidas entre los biólogos, Cech fue reconocido con el Nobel de Química sólo cinco años después.
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